En espíritu, Alfonso XIII ha visitado el molino -el lagar de mi abuelo, restaurado por mí- en Villanueva de la Sierra, el pueblo donde nace la "Fiesta del Árbol" en 1805. Él sabía que el médico de su padre, Alfonso XII, el doctor Laureano García Camisón, también había nacido en este pueblo, donde se inicia la Sierra de Gata, esa comarca mágica, hopalanda de plata, el "país del aceite de oro".
Alfonso XIII respiró el aire de estas tierras cuando vino, en 1922, a visitar la entonces depauperada comarca de Las Hurdes; y ahora, el pasado mes del "agosto, augusto y lento", se ha acercado a esta reliquia de moler, afortunadamente en pié, tras una laboriosa recuperación, sin que haya perdido el aroma inicial.
Cuánta historia hay escrita en él, cuántas vivencias, el estertor de la historia de España, especialmente la dureza de la posguerra y ese período de la Fiscalía, más conocido como el estraperlo, aún en la memoria de algunos ancianos. ¡Qué tiempos más duros!
En mi amor por la cultura, tras la exposición de los Belenes en las últimas Navidades -parte de esa riquísima colección del admirable extremeño, Ramón Muñoz- he querido celebrar esta efemérides clave en la vida de Alfonso XIII, en el centenario de su boda, de triste recuerdo, debido al atentado perpetrado en la madrileña calle Mayor, cuando el anarquista Mateo Morral arrojó una bomba al paso del cortejo y causó veintitrés muertos y más de cien heridos; una tragedia nacional. Pues, con tal motivo, en la reliquia de esta vieja prensa, donde aún huele a aceite, he querido mostrar las postales -hecho muy de la época- que la entonces novia del Rey, Victoria Eugenia, enviaba a su amado.
La Comarca de Las Hurdes, al norte de Cáceres, se extiende por los márgenes serranos, con unas cotas de altitud de más de 1.000 metros.
Es una colección muy bella -más de cincuenta postales- además de otras fotografías dignas de ser contempladas, que es una manera de conocer la historia, de aceptarla en toda su grandeza como en su miseria. Porque la historia está ahí, como está la rosa y esa certera frase de Juan Ramón Jiménez: "Porque así es la rosa, no la toquéis". Al fin y al cabo somos sujetos de esa circunstancia orteguiana.
Alfonso XIII dejó su huella en las intrincadas montañas de las queridas Hurdes, en esos senderos de malos caminos de herradura; y yo, ahora, humildemente, recojo su espíritu regeneracionista y lo he traído al molino, foco y luz de cultura, para animar, en lo que pueda, el ocio de mis paisanos. Y he aquí mi compromiso con una tierra en la que nací y de la que alimento mi espíritu, ese pasado, ese niño que hay en mí; y me gusta que esta comarca de Sierra de Gata no se nos muera, y esté viva en su gente; y protagonice la historia de estos pueblos y otros cercanos como Granadilla, tan huérfano, donde se escucha el lamento, ante su abandono y su grandeza, del "¡Ay, Fabio, qué dolor!", por más que el romántico de Eugenio Jiménez luche por la luz de ese conjunto amurallado.
Estoy contento por la gente que ha pasado por el lagar; que ha escuchado sus voces y el mundo que guarda como algo íntimo y querido; y ha gozado con el documental de la boda real y el atentado con imágenes inéditas. Estoy contento porque la gente conozca la historia, la viva; ya se sabe: el pueblo que no conoce su historia corre el riesgo de repetirla.