Navarra es un destino tranquilo que ofrece un interesante patrimonio cultural y una sugerente variedad de paisajes. Es una tierra de arraigadas tradiciones y fiestas únicas que reflejan el carácter amable y extrovertido de sus gentes. Es una tierra para disfrutar con los cinco sentidos y escuchar el sonido del frondoso hayedo de la Selva de Irati y sentir en el rostro el frío azul de las montañas del Pirineo; un enclave donde escuchar el mágico silencio que acompaña a los infinitos colores terrosos del paisaje desértico de las Bardenas Reales; un lugar donde mover el cuerpo al ritmo de las fiestas de San Fermín y los pies al paso del peregrino que desde Roncesvalles recorre la ruta jacobea hacia Santiago.
Es tal la riqueza y variedad del folclore navarro que resulta difícil dar una información ordenada de todos los eventos festivos que tienen lugar en la Comunidad Foral a lo largo del año. Lo que sí está claro es que a partir del 6 de julio la palabra "fiesta" se escribe con mayúsculas en Pamplona, con la llegada de los Sanfermines. Cuando el "chupinazo" estalla, la capital se transforma en una explosión de vida. Miles de personas de todo el mundo inundan esta ciudad, que se tiñe de blanco y rojo. La calle se convierte por unos días en un derroche de fraternidad, alegría música y juerga ininterrumpida al compás de las charangas y las peñas. El encierro es el único momento del día en el que la fiesta se contiene y la tensión invade el recorrido minutos antes de que los toros inicien su carrera tras los mozos. Un estallido de sensaciones culmina en la Plaza de Toros, pero la fiesta continúa con el "caldico", el chocolate con churros, los Gigantes y Cabezudos, el aperitivo, la corrida o los fuegos artificiales, que dan paso a la algarabía nocturna.
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Los Sanfermines de Pamplona siguen en primera línea festera de la fama internacional.
Pamplona, la capital navarra, cuenta con emblemáticos rincones marcados por los Sanfermines y también por el Camino de Santiago. Es una ciudad donde se funden modernidad y tradición. La calle Estafeta hace revivir la tensión del Encierro, y el románico Puente de la Magdalena, a los pies de las murallas, da la bienvenida a los peregrinos. Pamplona invita a disfrutar pausadamente de sus parques y a callejear por su casco antiguo. E invita a dejarse tentar por su gastronomía y sus populares pinchos, regados con un buen vino con Denominación de Origen Navarra.
Y después de conocer la capital y estas universales fiestas, qué mejor manera de disfrutar del descanso que acercándose a alguna de las zonas más acogedoras de la geografía navarra. Relajarse en los frondosos bosques o bañarse en el río son algunas de las tentadoras opciones, además de acercarse al sur para disfrutar del calor de sus gentes, de las zonas de la huerta del Ebro y de las llanuras bajo un sol radiante.
En el norte de Navarra, la cadena montañosa declina suavemente de Este a Oeste, las crestas se redondean, el clima de montaña se vuelve atlántico, los tejados de pizarra dan paso a la teja, y los bosques de abetos, robles y hayas se reúnen para dar un tono de misterio al entorno. El paisaje, sutilmente, se transforma. Al Este, el Pirineo navarro brinda los imponentes escarpes del macizo de Larra, la Selva de Irati o el histórico conjunto de la Colegiata de Roncesvalles.
Las imágenes se dulcifican a medida que se acercan los valles de Baztan y Ultzama, y la Regata del Bidasoa. Aparecen cuidados caseríos, cuevas legendarias y verdes prados y bosques. Al Oeste, la sierra de Aralar y el Parque Natural de Urbasa-Andía ofrecen magníficas panorámicas de las azuladas cumbres del Pirineo, que ha trazado valles y sierras de diferente clima y orografía, que han caracterizado a su diversa flora y fauna, a sus distintos paisajes y a la arquitectura popular, a sus costumbres y actividades.