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El continente más virgen de la tierra es a su vez el más frío, árido y desconocido del planeta. Un paseo por sus limpias aguas, gigantescos icebergs, de más de 100 metros de altura, y montañas de hielo que se desmoronan con estrépito, creando una inmensa nube blanca hacia el fondo del océano, constituyen el mayor espectáculo visual para los viajeros del siglo XXI. La Antártida es el único ejemplo de cooperación internacional con fines pacíficos. Es el lugar menos poblado de la Tierra, con 1.200 habitantes, distribuidos en estaciones y observatorios, pertenecientes a 18 países del Tratado Antártico. Durante la época más dura, en invierno, se incrementan hasta los 10.000 habitantes, con el fin de llevar a cabo los trabajos de investigación. Un tercio aproximadamente son científicos y el resto personal de servicio. Un paseo en cualquiera de los dos buques, el Nordnorgue o el Nordkapp, de la compañía noruega OVDS, permite descubrir algunos de los secretos de ese inmenso casquete de hielo, que acumula en su territorio las cuatro quintas partes del agua dulce del mundo, y su diversa fauna, en la que conviven respetuosamente ballenas, pingüinos, cormoranes, albatros, focas... Desde la proa del barco no resulta difícil observar a estos animales, pero hay que navegar en pequeñas zodiacs para dejar que las ballenas se acerquen a estas embarcasciones en un gesto de auténtica amistad. Así, de pronto, aparece un grupo de ballenas jorobadas, de enormes aletas y áreas blancas, en la cara inferior de las aletas de cola. Esta especie nada lentamente y tiempos atrás fue presa de los primeros balleneros de la región. La volcánica Isla Decepción, uno de los mejores puertos naturales del mundo, albergaba una de las mayores factorías balleneras del continente para obtener en sus hornos el demandado y caro aceite de ballena. Desde 1790 hasta 1988 miles y miles de animales fueron salvajemente perseguidos y aniquilados. Hoy, las cosas han cambiado y todos conviven pacíficamente en las tierras del frío y el hielo: Desde los pinguinos "chinstrap", en la entrada de la bahía de la Media Luna, a gigantescas colonias de pingüinos "barbua" y "barbijo" en Isla Livingston, sin olvidar las nutridas familias de elefantes marinos, con las enormes moles de grasa en sus cuerpos. Su perezosa quietud de más de 3.000 kilos de peso contrasta con el ajetreo de los pingüinos a la búsqueda de sus alimentos: el "krill", un pequeño crustáceo que incluye el cangrejo, camarones y otras 85 especies distintas, de los que se alimentan los grandes animales de los casquetes polares.
Uno de los grandes y exclusivos atractivos de un paseo por el continente blanco consiste en la visita a algunas de las estaciones científicas del lugar. Es imprescindible parar en la vieja estación británica de Port Lockroy, en la Isla de Wiencke, reconvertida en un interesante museo que permite observar cómo vivían y qué productos disponían los exploradores del siglo XIX y principios del XX. Hasta 1931 fue el mayor puerto ballenero de la zona. También hay que visitar la base argentina Almirante Brown, en Bahía Paraíso, donde el 12 de Abril de 1984, el físico jefe de la estación, agobiado por la soledad, el alejamiento, la incomunicación y la monotonía, decidió prenderle fuego para evitar pasar otro invierno en este lugar. Y entre las estaciones a visitar destaca la británica Faraday, un poco mas allá de la Isla Peterman, famosa porque allí se detectó por vez primera el agujero de ozono que tanto nos preocupa. La Antártida es uno de esos pocos lugares donde las nuevas tecnologías -rompehielos, aviones, helicópteros, telecomunicaciones- han hecho posible que pueda ser visitada por viajeros amantes del frío, la soledad y el silencio. Es un lugar carismático, con estrictas reglas medioambientales para preservar uno de los lugares más duros del planeta. Un continente impoluto, sin fronteras, sin visados, donde un hombre solo no es nadie. Para viajar a la la Antártida hay que disponer de pasaporte de entrada a Argentina y Chile. La compañía noruega OVDS, desplaza cada año durante los meses de verano, dos buques, el Nordkapp y el Nordnorgue, con programas de 19 días de duración. También la compañía aérea Iberia dispone de dos vuelos diarios desde Madrid y resto de capitales españolas a Buenos Aires en viaje directo de doce horas de duración. Y el coste, de 800 a 1.200 euros.
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