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Más de setecientas fallas arden la noche de San José, en unas fiestas que mueven 300 millones de euros

Fallas: Vuelve la primavera

ISABEL DE QUINTANILLA

La Fallera Mayor Marta Reglero Mangada y la Fallera Mayor Infantil, Inmaculada Escudero, posan con sus vestidos y joyas.  

Valencia celebra cada primavera Las Fallas, unas fiestas de Interés Turístico Internacional en las que el fuego, las mascletás o ruido de la pólvora realzan una celebración que tiene como principal protagonista a la mujer valenciana en todo su esplendor, ataviada con sedas y oro, encajes y perlas, espejuelos, turquesas y rubíes. Este año, las falleras de Valencia, auténticas reinas de estas fiestas son Inmaculada Escudero Asensi, fallera mayor Infantil, de la Falla Serranos-Plaza dels Fiurs (sector El Carme) y Marta Reglero Mangada, de la Falla Pare Domenech-Pio XII,( sector Campanar). Más de cien mil falleros pertenecientes a más de 700 fallas (mayores e infantiles) y millones de personas asisten a la cremá o quema de los monumentos plantados en las calles y plazas para seguir una antigua tradición cuyo significado es conmemorar el ciclo vital de la vuelta de la primavera y quemar lo inservible para dar paso a lo nuevo y acoger con alegría la vida futura.

Todo pasa en una noche, la del 19 de marzo, festividad de San José, cuando los monumentos escultóricos que se han elaborado durante un año entero son pasto de las llamas. Se trata de una evocación de la renovación de la vida, como cuando hace algunos años los precursores de estas fiestas hacían pequeñas hogueras frente a sus casas quemando los viejos trastos inútiles. Los valencianos vieron que aquella costumbre se convertiría en una oportunidad maravillosa de dar a conocer sus costumbres y sus tradiciones y de fomentar el desarrollo de una sociedad en continuo movimiento. Y comenzaron a desarrollar todo el ingenio para realizar magníficas esculturas de los sucesos del año, a confeccionar valiosos vestidos tradicionales de hombres y mujeres, y a gestionar unas fiestas que se suceden cada año y culminan con una maravillosa noche de fuegos.

Como todos los años, falleras y falleros se suman a la actividad callejera, ataviados con majestuosos trajes, que suponen un lujo, un orgullo y una obra de arte de múltiples colores y formas.

Y es que las Fallas de Valencia significan el sentimiento de un pueblo que heredó una gran riqueza cultural. Conocedores de tal privilegio, los falleros y falleras trabajan incansables durante todo el año para que el final sea un éxito mayor, si cabe, al obtenido en el ejercicio anterior. El año fallero comienza el 20 de marzo y finaliza el 19 del mismo mes del año siguiente, con la "cremà" o quema de las fallas, en un espectáculo de arte y fuego.

La Plaza de España, a rebosar de pólvora para las mascletás, que se suceden ruidosamente todos los días de Fallas en Valencia.

Pero es la mujer valenciana quien empuja realmente la fiesta.Las mujeres resaltan la belleza con aderezos. Desde pequeñas a las niñas las peinan con complicados trenzados y rodetes, les prenden agujas en el pelo, les colocan la "joia", los pendientes, el collar y las pulseras con tanto esmero, como si se tratara de una novia que se presenta ante el altar el día de su boda. Las madres lo hacen con sus hijas como lo hicieran sus abuelas, siguiendo la tradición de sus antepasados, porque la fiesta comenzaba a serlo hacia mediados del siglo XVIII, cuando entonces no era más que un festejo a celebrar el día 19 de marzo.

Era entonces cuando, al apuntar el día 18, aparecían en algunas calles varios muñecos (ninots) representando a un personaje del barrio que hubiera destacado durante el año, o algún suceso reprochable ocurrido. La chiquillería se divertía con aquellos ninots a los que rodeaban con trastos viejos que recogían por las casas, mientras entonaban una cancioncilla popular ("una estoreta velleta per a la falla de Sant Josep... del "Cant de L´Estoreta Velleta"), los apilaban en torno a las figuras y se quemaban a las doce en punto de la noche de San José. La participación era masiva. Jóvenes y mayores bailaban en torno a la hoguera, cantaban y como ahora se divertían celebrando la llegada de la primavera y el final del invierno.

Los coloristas vestidos de las falleras constituyen un orgullo que se pasa de padres a hijos para continuar la tradición familiar.

La fiesta, que en principio era de la barriada, fue tomando cuerpo y los monumentos, que inicialmente eran simples piras de trastos inservibles, se fueron convirtiendo en algo más, fueron sufriendo una importante transformación. Aumentaban progresivamente tanto en volumen como en la producción de los monigotes y adornos de lo que se componía aquella amalgama de figuras que, colocadas sobre una tarima, debían tener una estructura horizontal, tenían que estar colocadas en un cruce de calles, plazoletas o vías amplias, de manera que se les pudiera dar la vuelta y contemplar en su totalidad todas las figuras de las que estaban compuestas.

Hacia mediados del sigo XIX los versos que describían la historia de la falla se fueron extendiendo y editando en pequeños cuadernillos, dando así origen al "llibret" o libro de la falla, con el que se ampliaba la posibilidad de desarrollar con más holgura el argumento y así que la gente comprendiera mejor el significado de la falla y sugerir hacia quién iban dirigidos los dardos de la crítica.

 

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