Esta repostería, que cumple este año su centenario, alimentó a una nueva burguesía vasca surgida del comercio
Artiach consiguió que Bilbao oliera a galletas
ESTEBAN SÁNCHEZ
Óleo del pintor Martínez Ortiz de la fábrica de Galletas Artiach, que se encontraba en la bilbaína Ribera de Deusto, en 1948.
Para Bilbao y Vizcaya el año 1907 fue el inicio de muchos acontecimientos que marcaron su modernización y el comienzo de trayectorias sociales y económicas que ahora cumplen su primer siglo de vida. En aquélla época coincidieron la expansión económica y el desarrollo industrial en un positivo abrazo de complicidad hacia un progreso imparable.
Entre estos acontecimientos destaca, sin lugar a dudas, la creación de la fábrica de Galletas Artiach, una repostería de gran prestigio en España y en Europa que, además de conseguir que "Bilbao oliera a galletas"
-como confesaban los foráneos que se acercaban a la Villa- alimentó a una nueva burguesía vasca que nacía precisamente del capital proveniente del comercio y que siguió los pasos de esa otra burguesía -ya bien asentada- surgida de la explotación de las minas de hierro y su posterior transformación en la boyante industria siderúrgica que caracterizó a Bilbao y su comarca en aquélla época.
Los creadores de Galletas Artiach, Gumersindo Artiach Echevarría y sus hijos Gerardo y Gabriel Artiach Garate, procedían del sector del comercio, del harinero y sus derivados. Descendientes, a su vez, de tenderos, comerciantes y representantes de este producto, los Artiach fraguaron su capital en el comercio del trigo comprado en Castilla y León y su posterior transformación en harina en el País Vasco, algo insólito en esta zona a finales del siglo XIX y principios del XX, tiempos en los que, como se sabe, la industria del hierro primaba en los negocios.
Esta nueva clase social habría que situarla en el prototipo de ?adinerados? procedentes de la evolución del capitalismo mercantil del siglo XVIII. Dentro de este grupo, que representa una "nueva burguesía bilbaína" -menos dinámico, tal vez, que la procedente de la masiva explotación minera- algunas ramas, como la familia Artiach, supieron adaptarse a la nueva realidad económica, ocupando incluso posiciones de privilegio en el proceso de industrialización que se estaba viviendo a finales del diecinueve y principios del veinte.
Pero, al margen de su clase social, a Gumersindo Artiach Echevarría le ilusionaba entonces el reto de las galletas, que había emprendido junto a su hijo Gerardo, al que muy pronto se uniría Gabriel. Un trío de hombres de empresa que regalarían a los bilbaínos, vizcaínos y españoles una nueva y variada gama de sabores, inéditos y desconocida en las galletas de entonces.
Publicidad de la caja de "Variadas" de Artiach que incluia quince tipos de galletas.
Varias generaciones de españoles han crecido saboreando y alimentándose con galletas "María", "Chiquilín", "Artinata", "Cocochu", "Pralinas" y otros productos. Este apellido vizcaíno se convirtió en marca de calidad gracias al tesón de esos tres hombres, pertenecientes a una saga de emprendedores que hicieron del trabajo su bandera y de las adversidades sus retos diarios, y que un buen día decidieron crear una fábrica de galletas de calidad en una sociedad casi huérfana de sabores y estímulos gastronómicos.
Galletas Artiach fue una empresa pionera que desde su emblemática fábrica de la Ribera de Deusto -junto a la famosa ría de Bilbao- marcó un hito en la investigación repostera y confitera de las primeras décadas del siglo XX. Una fábrica que llegó a dar empleo a más de 800 trabajadores en los años setenta, mayoritariamente mujeres, quienes eran conocidas popularmente con el nombre de "galleteras".
Esta fábrica, que fue galardonada en 1941 con el primer "Premio a la Empresa Ejemplar", distinción instituida aquel mismo año, poseía su propio laboratorio y sus propios talleres de mecánica, hojalatería y carpintería para fabricar las cajas y envases de las galletas, entre otros adelantos. Además de una granja con 20.000 gallinas para garantizar el suministro de huevos. Una fábrica, dotada con servicio médico y enfermería, nada habitual en la época, comedores y duchas separados para hombres y mujeres. Incluso tenía una guardería infantil, biblioteca y una importante colección de Arte.
Y mientras una generación tras otra, consumía las galletas de Bilbao, el chirriante tráfico de carros y carretas que circulaban por las márgenes de la Ría fue sustituido, poco a poco por tranvías, trenes y bicicletas y más tarde por el ruidoso estruendo de camiones, coches o motocicletas.
Un buen día, el motor de gasolina llegó también a los botes que cruzaban la ría desde Olaveaga a la Ribera de Deusto para trasladar a su trabajo a esos miles de hombres y mujeres que pertrechados con su mono azul o su delantal o bata blanca contribuyeron a la expansión de la riqueza en la Vizcaya del siglo XX. Hombres y mujeres cuyas manos fueron imprescindibles para construir barcos o elaborar galletas, como fue imprescindible el talento y el empuje de aquellos capitanes de empresa que hicieron de la ría de Bilbao el eje de la última gran epopeya del progreso al calor de la revolución industrial.